lunes, 27 de julio de 2020

Carta a Horacio


Aquí el dilema, y nuevamente escribiendo sobre estas teclas como el instrumento del músico: es el ritmo que resuena y no otra cosa.

Una partitura sorda que pueda vibrar con los colores de la lengua,  nunca había podido escribir nada de lo que viví en ocasiones lejanas , que ya casi no recuerdo, pero esa distancia es la que justamente me permite narrar estas historias-
La distancia justa, como de una fuente de luminosidad intensa que encandila  desde muy cerca,  no habían palabras, y no había lenguaje para el dolor de estar vivo, para estos episodios que hoy retornan incandescentes, pero que ya no arden en la piel, que ahora solo duelen en algún lugar silencioso cuando todo el ruido de este estrépito inútil comienza a  apagarse.
Bueno es poder escribir, que este teclado sea solo un teclado, nada más, y que cada tanto las letras se disparen como balas enloquecidas contra la retina y el papel, contra las pantallas, contra el fondo blanco de todas las cosas hechas entendimiento-
Ayer por la noche, tormenta.  
En  mi hogar,  me sumergía en la pantalla de alguna pregunta inútil cuando sonó el timbre de la puerta: Horacio se anunciaba en medio de la lluvia, mi amigo Horacio.
No nos habíamos visto por tres años, y solo caímos en la cuenta de ello al mencionarlo, vi tiempo tras nuestras miradas, su cabello más blanco, su mirada serena, su rostro hecho de intensidades que marcaron pacientes estos años entre nosotros.
Tal vez yo también sería su espejo, también mi rostro reflejaba el golpe de los días y horas infames,  de las dudas, las alegrías, los sueños, los anhelos y la angustia; y en algunos destellos de felicidad hecha consciencia: el instante-
Cuanto tiempo había pasado entre nosotros.
Recuerdo un día en que nos vimos en el negocio en el que yo trabajaba, Horacio llegaba vendiendo artesanías, armaba figuras en resina, con jarros y cuchillos. Ahí hace veinte años, cuando  abríamos los ojos de la eternidad joven con que se mira al mundo en ese momento de inmortalidad divina en que todo es fiesta y dolor, pero más que nada fiesta, en que la fuerza del cuerpo vence cualquier esfuerzo inútil, ahí nos conocimos-
Después como una secuencia rápida, fuimos Filósofos, músicos, brujos, místicos, viajeros, hermanos y cómplices. Recuerdo como un día me contó que la rama frondosa de un árbol despedía su  vida pasada agitándose en gesto de adiós: llegaría su hija, llegaron las mías, fuimos grandes, y …

Aquí estamos. Recuerdo cantando  a la luna llena una noche en el desierto después de beber el jugo del cactus, una fiesta bañados en el polvo del suelo, los perros aullar a la distancia, los cerros, el río de leteo, recuerdo también el olvido que olvidamos juntos para volver a soñar.